¿Es posible la descolonización? Repensando la territorialidad y el control de los recursos.

Por Fátima Portorreal.
Antropóloga, investigadora.
Colaboradora de Justicia Global

La historia moderna nos habla que el proceso de descolonización se inició cuando las colonias europeas en América emprendieron y empujaron un proceso de emancipación de las potencias coloniales y que se completó cuando se conformaron los estados nacionales modernos.

Sin embargo, en la geopolítica de los saberes epistémicos, todavía muchos sujetos están localizados del lado dominante de una relación de opresión colonizadora, bajo el amparo de “paquetes” que trascienden lo económico, lo político y lo militar, pues muchas relaciones de la colonialidad vinieron enhebradas bajo los epígrafes lingüísticos, espirituales, sexuales, etnogenéticos, y de género, entre otros.

De ahí que el pensarse históricamente en torno a un territorio, reivindicar retales de memorias ancestrales, nos sitúa en defensores de indios muertos, esclavos manumitidos o simplemente en sujetos que se abanderaron con lo local y lo propio, como camino para construir un pensamiento descolonial, es decir, desengancharse de las prácticas europeas que subyugan a los pueblos colonizados.

La construcción de lo propio se convirtió por un lado en un ideal que se orienta negando el locus occidental por los sesgos de la modernidad, pero cayendo en fundamentalismos puristas y tradicionalistas de la cultura.

O arguyendo una crítica desde su propia cultura, la cual abre el debate de la posibilidad y del derecho a reinventarse cada día por la persistencia de la imaginación, de la necesidad de superar la modernidad y la colonialidad en sus dos vertientes clásicas: la liberal o la socialista.

Por ello, desafiar las viejas y nuevas formas coloniales e imperiales estatistas, a la vez que se aprende que el diálogo no es posible desde ninguna parte bajo tales filosofías. Es proponer la comprensión de la diferencia, la singularidad y del nosotros comunitario como condición de posibilidad epistemológica y política.

Sustentar la posibilidad de las subjetividades desde la oralidad comunitaria dispersa, a partir de un saber y un conocer que no necesariamente se nutren en lo escritural y en una representación contenida en una conciencia mestiza, negra o india, es situarnos en un espacio deslocalizado, pero importante, porque reivindica múltiples cosmologías que se marginaron por las anteriores formas del ver el mundo, ya que son retazos de memorias perdidas, soñadas o reinventadas por la persistencia de la imaginación y de la resistencia.

Es en este contexto, que subrayamos la descolonialidad y retomar el poder y la recuperación del territorio. No sólo por las múltiples heridas coloniales o neocoloniales que atraparon a los sujetos, dominándolos y explotándolos bajo los argumentos del progreso, el bien común, el racismo, o la imposición de un orden económico que reproduce miseria.

Sino también, porque apostamos a un saber ético intra/intercultural que implica la compresión de la propia realidad, de la diversidad de sujetos, de la aceptación de la oralidad, de los posicionamientos diversos, de las recreaciones identitarias y de la continuidad de resistir al “paquete” del progreso.

Lo fundacional del pensamiento de la alteridad, tal como propone Guabancex Viento y Agua, es impulsar una geopolítica que se oponga y enfrente a ese nuevo orden territorial impulsado por las élites dominantes, que se expresan en: la repartición del territorio en concesiones mineras que sólo aseguran el bienestar de ciertos grupos.

Asimismo se expresan por la exclusión de los campesinos y campesinas de sus territorios, el diseño de políticas públicas que consolidan sistemas económicos dependientes y que se amparan en ideologías que apuntan a la privatización de las áreas protegidas y a la formalización de la opresión y la justificación de la apropiación de los recursos naturales.

La imposición de políticas públicas que favorecen la minería extractiva a campo abierto contempla todavía un patrón que se ampara en instituciones despóticas que se asemejan a las coloniales.

Un ejemplo de ello son los proyectos de construcción de cementeras en Gonzalo y Luperón, ya que incorporan la reestructuración del territorio, sin tomar en cuenta a los/as actores/as de esos espacios.

En la actualidad, la acumulación económica descansa en la restructuración del territorio y en el control de los recursos naturales, por ello, el Estado se ampara en un tercero (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente -PNUMA) a falta de un verdadero diálogo entre partes.

Por tal razón, recuperar el territorio y exigir las tierras del Consejo Estatal del Azúcar para impulsar una reforma agraria integral, son importantes aspectos que abren el debate y hacen urgente la descolonización de la modernidad, las propuestas neoliberales, la artificialización de los sistemas agroproductivos, para rearticular las luchas singulares, de los/as afrodescendientes, los/as indígenas o los nuevos que se recrean en esta geopolítica.

Ampliar la resistencia es impulsar la descolonialidad, proyecto para superar la modernidad y colonialidad, a partir de una verdadera participación activa de los grupos organizados de la sociedad civil y de los demás grupos de intereses.

La orientación fundamental de estas iniciativas en primer lugar es el desarrollo sociocultural y económico de las comunidades involucradas, la aplicación de un co-manejo de los recursos naturales, la conformación de un plan de reordenamiento territorial, y de ampararnos en políticas que estén por encima de los intereses partidistas.

Superar la colonialidad implica normar futuras gestiones para dirimir conflictos y alcanzar consenso desde nuestras propias experiencias locales.

La historia moderna nos habla que el proceso de descolonización se inició cuando las colonias europeas en América emprendieron y empujaron un proceso de emancipación de las potencias coloniales y que se completó cuando se conformaron los estados nacionales modernos.

Sin embargo, en la geopolítica de los saberes epistémicos, todavía muchos sujetos están localizados del lado dominante de una relación de opresión colonizadora, bajo el amparo de “paquetes” que trascienden lo económico, lo político y lo militar, pues muchas relaciones de la colonialidad vinieron enhebradas bajo los epígrafes lingüísticos, espirituales, sexuales, etnogenéticos, y de género, entre otros.

 

De ahí que el pensarse históricamente en torno a un territorio, reivindicar retales de memorias ancestrales, nos sitúa en defensores de indios muertos, esclavos manumitidos o simplemente en sujetos que se abanderaron con lo local y lo propio, como camino para construir un pensamiento descolonial, es decir, desengancharse de las prácticas europeas que subyugan a los pueblos colonizados.

 

La construcción de lo propio se convirtió por un lado en un ideal que se orienta negando el locus occidental por los sesgos de la modernidad, pero cayendo en fundamentalismos puristas y tradicionalistas de la cultura.

 

O arguyendo una crítica desde su propia cultura, la cual abre el debate de la posibilidad y del derecho a reinventarse cada día por la persistencia de la imaginación, de la necesidad de superar la modernidad y la colonialidad en sus dos vertientes clásicas: la liberal o la socialista.

 

Por ello, desafiar las viejas y nuevas formas coloniales e imperiales estatistas, a la vez que se aprende que el diálogo no es posible desde ninguna parte bajo tales filosofías. Es proponer la comprensión de la diferencia, la singularidad y del nosotros comunitario como condición de posibilidad epistemológica y política.

 

Sustentar la posibilidad de las subjetividades desde la oralidad comunitaria dispersa, a partir de un saber y un conocer que no necesariamente se nutren en lo escritural y en una representación contenida en una conciencia mestiza, negra o india, es situarnos en un espacio deslocalizado, pero importante, porque reivindica múltiples cosmologías que se marginaron por las anteriores formas del ver el mundo, ya que son retazos de memorias perdidas, soñadas o reinventadas por la persistencia de la imaginación y de la resistencia.

Es en este contexto, que subrayamos la descolonialidad y retomar el poder y la recuperación del territorio. No sólo por las múltiples heridas coloniales o neocoloniales que atraparon a los sujetos, dominándolos y explotándolos bajo los argumentos del progreso, el bien común, el racismo, o la imposición de un orden económico que reproduce miseria.

 

Sino también, porque apostamos a un saber ético intra/intercultural que implica la compresión de la propia realidad, de la diversidad de sujetos, de la aceptación de la oralidad, de los posicionamientos diversos, de las recreaciones identitarias y de la continuidad de resistir al “paquete” del progreso.

 

Lo fundacional del pensamiento de la alteridad, tal como propone Guabancex Viento y Agua, es impulsar una geopolítica que se oponga y enfrente a ese nuevo orden territorial impulsado por las élites dominantes, que se expresan en: la repartición del territorio en concesiones mineras que sólo aseguran el bienestar de ciertos grupos.

 

Asimismo se expresan por la exclusión de los campesinos y campesinas de sus territorios, el diseño de políticas públicas que consolidan sistemas económicos dependientes y que se amparan en ideologías que apuntan a la privatización de las áreas protegidas y a la formalización de la opresión y la justificación de la apropiación de los recursos naturales.

La imposición de políticas públicas que favorecen la minería extractiva a campo abierto contempla todavía un patrón que se ampara en instituciones despóticas que se asemejan a las coloniales.

 

Un ejemplo de ello son los proyectos de construcción de cementeras en Gonzalo y Luperón, ya que incorporan la reestructuración del territorio, sin tomar en cuenta a los/as actores/as de esos espacios.

 

En la actualidad, la acumulación económica descansa en la restructuración del territorio y en el control de los recursos naturales, por ello, el Estado se ampara en un tercero (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente -PNUMA) a falta de un verdadero diálogo entre partes.

 

Por tal razón, recuperar el territorio y exigir las tierras del Consejo Estatal del Azúcar para impulsar una reforma agraria integral, son importantes aspectos que abren el debate y hacen urgente la descolonización de la modernidad, las propuestas neoliberales, la artificialización de los sistemas agroproductivos, para rearticular las luchas singulares, de los/as afrodescendientes, los/as indígenas o los nuevos que se recrean en esta geopolítica.

 

Ampliar la resistencia es impulsar la descolonialidad, proyecto para superar la modernidad y colonialidad, a partir de una verdadera participación activa de los grupos organizados de la sociedad civil y de los demás grupos de intereses.

 

La orientación fundamental de estas iniciativas en primer lugar es el desarrollo sociocultural y económico de las comunidades involucradas, la aplicación de un co-manejo de los recursos naturales, la conformación de un plan de reordenamiento territorial, y de ampararnos en políticas que estén por encima de los intereses partidistas.

 

Superar la colonialidad implica normar futuras gestiones para dirimir conflictos y alcanzar consenso desde nuestras propias experiencias locales.

 

Una respuesta a “¿Es posible la descolonización? Repensando la territorialidad y el control de los recursos.

  1. Si bien es cierto que el socialismo clásico proviene de Europa, no me parece que eso sea motivo suficiente como para descalificar al socialismo en sí, con toda su diversidad y toda su historia de lucha de los pueblos por una vida mejor, simplemente porque sea otra ideología colonizadora más.

    Todo lo contrario, pienso que el desafío que tenemos las personas revolucionarias que luchamos cada día por una sociedad justa es precisamente nutrirnos de todas las fuentes populares de lucha que se han llevado a cabo a lo largo de la historia, para así aportar a la construcción de un socialismo cada vez mejor, no-colonizado y que responda a las realidades concretas de todos los pueblos del mundo.

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